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The Kinks Are The Village Green Preservation Society
The Kinks
(1968)
Por:

Dios salve las tienditas, las tazas chinas y la virginidad

La memoria es tramposa. Al recordar, tomamos lo que queremos, lo que nos gusta o lo que nos conviene y una vez el presente se escapa del imposible “ya”, es todo válido para la manipulación; la propia o la de otros. Porque o lo recordamos como queremos o como nos lo hacen recordar. “La historia la escriben los ganadores”, dice el adagio, y es una verdad absoluta hasta que emergen nuevos ganadores, esos que sobreviven luego de haber perdido o a los que el tiempo pone en su justo lugar. Y pareciera que cuando digo eso recuento la historia de The Kinks, quienes luego de un buen puñado de medios hits en los tempranos sesenta, empezaron a descender a una anonimidad que se volvió casi total allá por 1968, que es cuando Ray Davies, uno de los mejores compositores y literatos de la historia del rock, tal vez por desesperación o resignación, concibe The Village Green Preservation Society.

Y ¿qué es este álbum sino la definitiva mirada melancólica al pasado? una oda a la nostalgia como el sentimiento más poderoso que se puede experimentar. Mirar atrás y redibujar las cosas que fueron, parece ser el tema principal, sino el único, del artista en general. Es lo que hace Ray Davies al encarnarse en la Sociedad de Preservación de La Villa Verde y desearle al mundo un cómodo regreso a las viejas costumbres y un desprecio huraño a las nuevas. Es una postura tan reaccionaria como revolucionaria, pero en 1968, como lo es y lo será siempre, una postura anacrónica: Nadie joven a mitad de los sesenta pensaba en volver al pasado. La cultura de lo  nuevo apenas comenzaba, y la celebración, o más bien la obsesión, por la juventud, que pronto impregnaría cada rincón de la media y nos haría lo que somos hoy, estaba entonces hirviendo por implantarse autoritaria en una sociedad también deseosa por aprovecharse de eso y  sentar paradigmas y nuevas reglas. En medio de un ambiente de revolución y cambios, he aquí a este inglesito de apenas 24 años exhortando por salvar las tacitas chinas, el vaudeville y la jalea de fresa. El resultado:  The Village Green Preservation Society apenas vendió 100,000 copias al momento de su lanzamiento.

¿No es una lástima cómo nuestro pequeño mundo ha cambiado?

Pero los pocos que pudieron escuchar el álbum tomaron nota. Algo había de diferente, de importante, incluso de  necesario en ese concepto de “regresar”: Hay una magia en el álbum que funcionaba entonces y funciona ahora. Si bien lo de moda siempre es celebrar utopías, cambiar lo viejo o panfletear con gastados e inútiles martilleos políticos, La Villa Verde apela a una distinta conexión con el oyente, una que estimula lo intelectual y lo trasciende a escondidas para tocar fibras mucho más importantes. La verdad en Village Green Preservation Society es que todo lo que  hacemos en la vida es recordar. Ni el futuro ni el pasado existen, sino sólo reflexiones de lo sucedido desde distintos contextos y puntos de vista.

Desde que encontré este álbum ha sido una conexión diferente de la que tengo con otros discos favoritos. Mi aproximación a la música es sobre todo intelectual, donde podría poner en palabras exactas porque me gusta tanto tal y tal álbum, porque me estimula o me parece una obra de arte. Eso es algo que no puedo hacer con este disco. Me parecería una tontería fijarme en qué tan bien técnicamente tocan los músicos acá o si se esfuerza por ser ingenioso en su estructura compositiva o si es un producto arriesgado u original. Village Green Preservation Society  existe en otro plano como álbum de música. Podría ser mi mejor amigo, ahora que lo pienso. La comunión que existe entre este “objeto” y yo se basa en un crecimiento temporal de mi parte, que sólo enriquece mi apreciación por él y me permite fijarme en cualidades suyas que no había encontrado antes. En algún momento tuve un amigo como el Walter que se describe en la hermosísima “Do You Remember Walter?”. Recuerdo incluso identificarlo en esa promesa de “pelear el mundo para ser libres”. Pero como no podía ser de otra manera, ese amigo ahora ha cambiado y se ha casado y existe en un mundo donde “comprar botes para navegar lejos mar adentro” es un ridículo sueño de juventud. Ahora bien, lo que antes era una empatía para con el cantante en “Do You Remember Walter?” se vuelve hoy una cruel ironía al darme cuenta que, en este punto de mi vida, yo mismo podría ser el Walter del que habla la canción. Y es un sentimiento descorazonador que me hace aún más amar a un álbum que cambia mientras yo lo hago. Esto es la música como arte en su punto más elevado.

Esos días en que era feliz, hace tanto tiempo

Y es que el deseo más desesperado por “regresar” sucede por esa serie de cambios en los cuales no tenemos ningún poder. Es doloroso recordar cuando tenemos la perspectiva para cambiar las cosas que no hicimos. Todos debemos tener tantos arrepentimientos, que volver atrás y hacer todo mejor y bien, puede ser nuestro deseo interno más poderoso. Al plantearme esto, cada línea de la saltarina “Picture Book” parece una puñalada: Por supuesto todos fuimos felices alguna vez, cuando las cosas eran simples y no sabíamos mucho. Tal vez el único momento en que se puede ser realmente feliz es ese, en la temprana infancia. O tal vez la felicidad absoluta es ese demasiado efímero momento en que se evoca al recuerdo con la ventaja de la retrospectiva. Y ¿qué más claro ejemplo de ese que cuando miramos un álbum de fotos? Fotos que la gente se toma para “probarse cuánto se quisieron alguna vez”, porque ¿qué otra forma habría de probarlo si no es esa? Capturar el momento y encerrarlo para que no muera. La necesidad natural, desesperadamente humana de sobrevivirse ¿No es esa la absoluta esencia de la vida? Tal vez Ray Davies, en un par de líneas de una letra repleta de “la la la la”s y “scooby dooby doo”s haya plasmado lo que los artistas llevan siglos tratando desesperadamente de expresar.

Johnny juró que nunca sería y nunca terminaría como el resto

Para abordar todas estas preocupaciones, Ray Davies, famoso por instituir la distorsión en el rock con temas como “You Really Got Me”, confeccionó este álbum a la manera de una novela, donde abundan diferentes personajes y todos comparten un pequeño microcosmos para nuestra empatía y deleite. Así, la Sociedad de Preservación de la Villa Verde está poblada por esos amigos cambiados de “Do You Remember Walter?” y por el fantasma del rebelde del pueblo, “Johnny Thunder”, una especie de homenaje (¿o será crítica?) a esa atemporal juventud rápida e inconforme que no responde por nadie y jura no acabar como sus padres. Davies, un joven él mismo cuando escribió la canción, parece entender que esa rabia es sólo momentánea y bendice los aventurados juramentos de su protagonista con maravillosas cacofonías vocales que parecen aplaudir dicha rebeldía y desear, aunque con la preocupación debida, que el personaje en cuestión pueda ser fiel a sí mismo lo más que pueda. En un mundo que para entonces parecía derrumbarse, ni siquiera el más obstinado “Johnny Thunder” podría sobrevivir al convencionalismo de las instituciones una vez el tiempo le castigue con un par de desmoralizantes bofetadas.

Y vivir tan en paz me está volviendo loco

Porque no sólo la gente cambia, sino el mundo cambia. No sólo se mueren las viejas costumbres, sino los viejas métodos y la gente que a ellos se aferra. En “Last of the Steam-Powered Trains”, Davies ataca a lo  moderno en lo tecnológico. La muerte del tren como el transporte principal  bien podría ser el momento definitivo en que el siglo XX aparece en su completa gloria y comienza la desbocada obsesión por lo rápido, lo inmediato, lo nuevo y lo mejor que tienen al mundo de hoy en pleno desvelo procesando información sin pausa y a mil por hora.  Davies haría una mejor canción en este respecto, la posterior “20th Century Man” del Muswell Hillbillies, un tema que no quedaría mal en VGPS en la forma en que desprecia la era actual como la era de la insanidad, una pesadilla mecánica donde coexisten el napalm y la bomba de hidrógeno con charlatanes pasando como artistas modernos. El maravilloso mundo de la tecnología que produce sistemas de control Orwelliano que parecieran cada día más reales. Davies ya anticipaba como decadente ese frenezí por ir más rápido y su llamado por la necesidad de una pequeña pausa para reencontrarse con el ayer y apreciarlo, en lugar de destruirlo, resuena más importante cada día que pasa que cuando se publicó originalmente.

Pero el Gran Cielo es demasiado grande para simpatizar

La religión también tiene su cuota de crítica de parte de Davies, para quien ese Gran Cielo que vigila inobstrusivamente el sufrimiento de la Villa Verde no es menos incapaz que sus propias criaturas para cambiar las cosas, o es tal vez demasiado indiferente para importarle.

Por la letra de “Big Sky” “Some day we’ll be free / we won’t care”, parece que el único “avance” incitado por la VGPS debería ser abolir la religión. Pero éste no es más que el retroceso más largo de todos, ya que al eliminar las religiones se llegaría al estado primario del hombre como dueño absoluto de su destino. Un estado de libertad absoluto que los humanos primitivos no debieron poder disfrutar jamás por no tener la perspectiva para hacerlo. Esto, por supuesto, hasta que ese primer hombre vio al gran cielo y al gran sol y temió a la naturaleza y a su propia insignificancia. Así comenzó la religión, una necesidad insalvable que nos permite lidiar con la crueldad del mundo (“I think of the big sky / and nothing matters much to me.”).

Así, mientras llega ese día de “ser libres”, esta vez para bien con la ventaja del arma de la retrospectiva y el conocimiento, el mundo aquí abajo se incendia y decae. Y si Jagger no puede hacer nada más que “pertenecer a una banda de rock”, Davies sólo puede… pasear por la rivera.

Adoro sentarme junto a la rivera y ver las aguas pasar

Cuando Davies incluyó un cierto “drone” hindú en su tema de 1965, “See My Friends”, no se imaginó lo hambriento que estaba occidente por empaparse de todo lo que fuera oriental. A la vuelta de la esquina estaba George Harrison metiendo un sitar en “Norwegian Woods” y muy pronto las filosofías y religiones orientales serían abanderadas por los hippies buscando trascender mediante lo espiritual. Esa ola de interés por Oriente le devolvió la vida a mucho arte que para entonces había pasado más bien desapercibido. Un ejemplo de ello es Siddhartha, la brillante novela del alemán Herman Hesse que detalla como si de un verdadero libro sagrado se tratase, el crecimiento espiritual del protagonista que le da nombre al libro. En un capítulo hacia el final de esta novela, Siddartha se establece junto al río y ahí aprende a “escuchar” el correr de las aguas y entender con ello el fluir de la vida y del tiempo. Davies debió sin duda conocer Siddartha al momento de componer la hermosa “Sitting by the Riverside”, cuyas letras parecen aludir a esos momentos de epifanía en el libro en que Siddartha y su amigo de la vida, Govinda, contemplan el pasar del río como el atemporal y cíclico estado del universo. Davies plantea este mismo tipo de revelaciones en su letra y de paso establece el tema ecológico del álbum, en otra más de las cruzadas por preservar lo que fue antes. Por muy fuera de contexto que puede parecer Davies al firmar un álbum tan fascinado por el pasado, al menos los ecologistas deben apreciar lo adelantado que estaba a su tiempo cuando pudo escribir una letra como esta acerca de escapar de la humeante y decadente ciudad hacia los verdes bosques y el respirar de la vida en su estado natural, años antes que la gente se diera de verdad cuenta lo mal que le estaba haciendo a su propio planeta.

El mundo es grande, salvaje y medio loco: llévame donde juegan los animales de verdad

Así que VGPS muy pronto revela sus intenciones: abandonar la ciudad y lo moderno y reestablecerse en esas bucólicas granjas y vivir en la simpleza de la comunión con la naturaleza. Todo eso podría parecer demasiado ingenuo si no fuera porque los argumentos que Davies usa a su favor son tan condenadamente convincentes. Sí, el mundo es grande y salvaje y la gente a veces no parece gente y no parece humana. Un mundo donde el cielo es amplio, se vive de lo natural y no hay nada qué temer es la utopía definitiva de Ray Davies, quien compondría más adelante la de temática similar, pero mucho más popular, “Apeman”, que lidiaba con estos mismos temas de desprecio a la urbanización y regreso a lo natural. “Animal Farm” es muy superior a ese tema y es fácil una de las mejores canciones del álbum, sino la mejor. En primeras, porque posee tal vez la vocalización más apasionada de Davies en el disco, sin dudas porque la letra le sale profundamente como uno de sus principios más fervientes para declamar. Por otra parte, siempre me ha parecido que “Animal Farm” posee una de las progresiones de acordes más bellas que jamás produjeron The Kinks, ahí al lado de “Waterloo Sunset” y otras de sus más grandes joyas.



Extraño a la Villa Verde y a toda su gente simple

Y así llegamos al momento central del disco, con la extraordinaria “Village Green”. Ningún tema en el álbum captura mejor la idea general del dolor de la nostalgia como esta cortísima y aun así inabarcable joya. Davies no escribe aquí como compositor pop, sino como un novelista; o tal vez su descriptiva y precisa captura poética le asemeje más a un pintor. Los sensibles versos reminiscentes de "Village Green" consagran a Davies como un autor en todo el sentido de la palabra; un observador de la costumbre inglesa y un brillante poeta capturando la complejidad de la memoria con brochazos que describen tiempos pasados como recuerdos indelebles y vívidos en un paisaje sónico que es capaz de pintar con tanta dolorosa melancolía como con exultante aprecio por la vida.

El viaje en su superficie es hacia esa Villa Verde a la que los turistas visitan para apreciar su antigüedad y su pintoresca obsolescencia, pero sabemos que en realidad es un viaje a lo recóndito de la memoria. Un viaje para capturar, ya no rostros o fotos, sino sentimientos, aromas, sonidos, tan profundamente enterrados que sólo pueden evocarse en abstracto, paralelamente. He ahí el máximo triunfo del álbum: su entendimiento de lo indescriptible, su capacidad de evocar lo inefable mediante lo simple. Así, el viejo roble, el sonido del reloj, el fluir del río… todas esas imágenes planteadas como folclóricas son en realidad detonadores de la memoria, chispas inflamables de sentimientos, a la manera que la magdalena era el desencadenante de la remembranza en En Busca del Tiempo Perdido. Si bien la pluma de Davies está todavía lejos de la de Proust, en cuanto a lo que logran provocar en el escucha/lector están ambos al mismo nivel.

Te han seducido las luces y piensas que nunca vas a mirar atrás

¿Y qué pasa con los cegados por las luces? Los encandilados por lo moderno, sin tiempo para la reflexión o la pausa. Davies les advierte que es todo momentáneo y vacío y que pronto les pasará factura. La cultura del exceso obsesionada consigo misma no puede mirar atrás sino hasta que ya es demasiado tarde (si no véase a otro protagonista que ya abordamos en esta misma lista, nada menos que aquél para quien “divertirse es demasiado divertido”, el de “Mother of Pearl”, de otro álbum perfecto: Stranded).

Siguiendo con el paralelo con Siddartha, el protagonista de esa novela también se entregó a la vida de las luces y estuvo “Startruck” por un tiempo, cegado por las luces rápidas y brillantes. La crítica es, por supuesto, al capitalismo velado, al consumismo, al falso placer de ser parte conforme de una gigantesca maquina de placeres mientras le devora entre sus engranes. Como es cierto que escapar de este gigantesco monstruo es imposible, lo que queda es un vistazo hacia dentro.

Así que abandonó su dieta, se sentó en un árbol y se comió así mismo para toda la eternidad

El gato fenomenal parece una referencia al enigmático gato ese, avatar de dios o dios mismo, en Alicia en el País de las Maravillas. El gato de Cheshire que todo lo sabe y a todo lo sonríe, precísamente por estar tan fuera de todo el sistema de cosas, que nadie es capaz, ni la reina, de ponerle una mano encima. Así, la solución que plantea VGPS al problema del “Startruck” es abandonarse a uno mismo, en una especie de muerte del ego/encontrarse con la propia identidad, que nos lleva de nuevo a terrenos orientales, donde apropiadamente el gato fenomenal se asemeja a un Buda que viaja por el mundo, descubre el significado de la vida y se sienta a descansar la eternidad bajo un árbol. Porque ¿qué más puede pasar luego de “entender” la vida y descubrir el absurdo existencial en toda su despreciable vacuidad? Luego de eso, no queda más que rendirse a no hacer nada. Si acaso, sonreír.

Y todos mis amigos estaban ahí…

“All of My Friends Were There” despliega tan maravillosamente la capacidad de Davies para contar historias. En primera persona, por supuesto. El indetenible cuento de una humillación pública sufrida por el narrador funciona como una anécdota mucho más directa en la evocación al pasado que ya profundizamos y su inclusión sirve para expandir más el universo de personajes en la Villa Verde, haciendo del álbum una colección rica en historias y capítulos de diferentes caracteres viviendo diferentes vidas entrelazadas por un mundo común. Unos años después, Davies compondría un universo mucho más rico y repleto de personajes con dos ambiciosas óperas rock: Preservation Act. 1 y Preservation Act, 2, publicadas en 1973 y 1974, respectivamente, que tomarían la idea de VGPS como una plantilla para un gigantesco acto adaptable a teatro y que pondría a prueba la capacidad de Davies de hilar muchos personajes y tratarlos a la manera de una novela. Sin necesidad de un esfuerzo así, VGPS es un universo autocontenido de historias y personajes, totalmente reconocibles y con personalidades memorables, una de las mejores, la perversa Annabella.

En una oscura y nebulosa casa… donde ningún cristiano ha estado

“Wicked Annabella” parece una canción fuera de lugar en un álbum ya de por sí fuera de lugar en todo sentido. Es un tema diferente al resto por muchos detalles, primero porque la voz principal va a cargo del guitarrista Dave Davies, hermano y notorio contrincante frecuente de Ray. Ya sea por eso u otra razón, “Wicked Annabella” rockea mucho más potentemente que el resto del disco y su repentina aparición hacia el final de éste le hace parecer como si un demonio malévolo atormentara a los tranquilos y pacíficos residentes de la Villa Verde por las mediasnoches. O sea, justo de lo que trata la letra, acerca de la malvada bruja del pueblo. A fin de cuentas, es otro más a la lista de personajes pintorescos a incluir en el álbum y el poderoso riff, sumado a una tétrica, inesperada atmósfera de violencia y terror, ofrecen un agradecido cambio en el de otra forma bastante consistente sonido de VGPS.

Pero mientras Annabella persigue los sueños de los niños, otro personaje de la Villa Verde, con más poder incluso, atormenta gente a la medianoche.

Todos lo intentan, pero nadie puede comprar a Mónica, mi amor

“Monica”, penúltimo tema del álbum, parece el lado femenino de “Johnny Thunder”, jugando sus propias cartas y, como a aquél, siendo “descifrada por nadie”. Mónica es el amor de todos y la novia de nadie. Es la chica bonita del pueblo, que se da el lujo de rechazar a todos y nadie puede comprar su amor.

A menos que Mónica esté basada en algún recuerdo de juventud de Ray Davies, temáticamente poco tiene la canción que ver con el concepto de regresar y memoria que forma el hilo conductor de Village Green. Pero no importa qué tanto nos desviemos del camino, porque ni siquiera el propio álbum puede evitar ser llevado por su propia memoria a recordarse a sí mismo.

Pero no puedes fotografiar el amor que me quitaste, cuando éramos jóvenes y el mundo era libre

La canción final del álbum parece empacar todo maravillosamente con las líneas más profundas e interesantes de todo el disco. Es después de todo una revisión existencial para con los personajes de la Villa Verde, pero ahora directamente profundizando en lo que hasta ahora sólo había sido abordado implícitamente: la memoria y el regreso al ayer desglosados en esa costumbre tan inocente y a la vez tan reveladora como es la de tomar fotografías. Si en “Picture Book” la referencia al porqué la gente se tomaba fotos era sutil y apenas mencionada entre el dolor del recuerdo que causan éstas, en “People Take Pictures of Each Other” Davies aborda esa verdad en unas cuantas líneas, que bien valen lo que un ensayo filosófico cien veces más extenso, plasmando en ellas la desesperación humana por preservarse y por dejar su marca en un mundo que los toma indiferentemente. Gente que le toma fotos al verano, por si alguien se atreve a pensar que se lo habían perdido. Gente fotografiándose entre ellas para probar que algún día existieron, para probar que alguna vez fueron importantes para alguien. Y es de notar el tiempo presente de la acción: la gente se toma fotos hoy, como posaba para retratos antes, como escribe sus memorias siempre, como comparte su vida con la gente que conoce. Es un ciclo repetido en la eterna, y ultimadamente imposible, lucha humana por sobrevivir al tiempo.

Y recordar es sufrir. No porque los tiempos fueran mejores o porque sean peores ahora. La trampa de la memoria es recordar lo que quiere, lo que le conviene. Si el pasado es doloroso es porque es pasado. Porque recuerda que el tiempo es insalvable y se va y sigue yéndose no importa lo que se haga, lo que se diga, lo que se logre, lo que se cambie. Lo triste termina, lo feliz termina, lo doloroso termina, lo placentero termina: momentos tan pocos en una vida tan corta, dejando siempre el deseo por más, hasta que no es posible saciarlos más y todo es recuerdo. Y hasta los recuerdos mueren alguna vez. Y con ese sentimiento el libro de fotos se cierra, como el álbum termina, sufriendo esa profunda herida punzante llamada nostalgia. El álbum que tan colorida y saltarinamente celebraba regresar al ayer, cierra con ojos húmedos la confesión de lo insoportable que es recordarlo. “No me muestres más fotos por favor”.

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