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Rock Bottom
Robert Wyatt
(1974)
Por:

Antes del lanzamiento de Rock Bottom, Robert Wyatt no era una figura popular – nunca lo fue – pero si era una de las piezas fundamentales del movimiento de Canterbury. Baterista de la legendaria Soft Machine – quizás la banda británica más vanguardista de los años 60s, había participado en varios proyectos claves del rock, entre los que podemos incluir “The Madcap Laughs” de Syd Barrett, el proyecto “Centipede” – con el inigualable Keith Tipett – y varios discos del otro músico clave de Canterbury: Kevin Ayers. Esto sin contar sus propios trabajos dentro de Soft Machine – especialmente la sempiterna Moon in June – y Matching Mole. Pese a este impresionante currículum, constituido en menos de 30 años, fue con Rock Bottom que Wyatt alcanzó por primera vez esa genialidad sin parangón alguno que lo acompañaría por el resto de su carrera.

En cierta medida, Rock Bottom puede pensarse como un re-nacimiento para este artista. Conocidas son las condiciones en las que se generó este trabajo: tras una noche de juerga, Robert Wyatt se cayó por una ventana quedando paralítico por el resto de su vida. En vez de deprimirse y abandonar la música, Wyatt se esforzó más que nunca para componer esta magnum opus, pensando minuciosamente cada detalle y cada arreglo. Por supuesto que Wyatt no estaba sólo, para este disco – y para todos los demás – lo acompañarían muchos de los que fueron sus amigos. La producción del disco fue a parar a manos de Nick Mason – más conocido por ser el baterista de Pink Floyd -, y entre los músicos podemos contar a Mike Oldfield, Fred Firth, Richard Sinclair (de Caravan) y Hugh Hopper (ex compañero de Soft Machine), todos de primer nivel. También hay que destacar la aparición de Alfreda Benge como vocalista – y también como responsable de la cubierta. Benge, la mujer de Wyatt, quién fue una figura clave para su recuperación y participaría en casi todos los trabajos posteriores del artista – especialmente como letrista.

Lo interesante de Rock Bottom es que, contrariamente a lo que pudiera esperarse, no es un disco depresivo de un tipo que está asqueado de la vida, puteando a todos y todas por lo que le pasó sino que es, por el contrario, uno de los discos más rebosantes de vida que uno pudiera imaginarse. Esto no quiere decir que sea un álbum alegre o algo por el estilo, sino que es un álbum “vital”, un álbum con un equilibrio perfecto entre alegría y tristeza, entre optimismo y melancolía; es el testimonio de un hombre que quiere reafirmar que está vivo, pero no con gritos jubilosos desesperados e histéricos, sino que es un manifiesto articulado con la solemnidad de una persona que sabe medir sus palabras.

Toda la palabrería previa trata de ser un intento de poder señalar el aura o alma que tiene “Rock Bottom”; hacer un perfil del sonido que tiene el disco es una tarea también compleja. La realidad es que la música de Robert Wyatt – al menos la de sus grandes trabajos: Rock Bottom, Cuckooland, Comicopera, Shleep, etc. – es inclasificable: es música atmósferica, muy densa, repleta de instrumentos y arreglos dispersos en varias texturas. Estas atmósferas, in embargo, suelen contar con melodías y una consistencia poco común en este tipo de música. Como siempre, esta música también tiene varios arreglos jazzeros que le dan a cada una de las composiciones una vitalidad aún mayor y, detrás de todo, está la frágil voz de Wyatt, siempre única, siempre conmovedora, que envuelve a las canciones con un halo de eternidad.

Rock Bottom es música que fluye desde el principio hasta el final – el álbum tiene una cohesión que ninguno de los trabajos posteriores de Wyatt, pese a que son geniales, tendría -, pero lo notable es que cada momento tiene también su pequeña individualidad. Por eso parece ser medio insensato hablar de “buenas canciones” o “buenas composiciones”, lo que tenemos con Rock Bottom son “buenos momentos”, escenas únicas, que se van sucediendo unas a otras. Podriamos decir que la “canción-Alifib”, por ejemplo, tiene como tema principal a Wyatt cantando – tétricamente – una canción de amor para su mujer, con variaciones fantasmagóricas de su nombre y, en cierto sentido, sería cierto. Pero cualquier caracterización de ese tipo, dejaría de lado la brillante introducción jazzy de Hugh Hopper que es una cosa de otro mundo. Lo interesante del disco no son las canciones, sino la constante mutación de ideas que conforman las seis pistas del trabajo. Entre mis momentos favoritos está el principio de “Little Red Robin Hood hit the Road”, con un delicioso trabajo de guitarra a manos del maestro Mike Oldfield, los bronces de “Little Red Riding Hood hit the Road” (como pueden ver, hasta los títulos de las canciones dan ese efecto de cohesión que ya mencioné), y por supuesto, la atmósfera de ultratumba de “Sea Song”, la canción más conocida de todas – y posiblemente la canción más conocida de Wyatt.

Dejo un vídeo de la canción ya mencionada para que los que no conocen el álbum puedan pispear de que se trata, pero “Rock Bottom” es una unidad, algo indivisible, que se tiene que experimentar desde el primer minuto hasta el último.

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