Libros y Cómics
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Zonas húmedas – Charlotte Roche (Anagrama, 2009.  206 pp.)
 
La polémica, como forma de promoción eficaz, llevó a “Zonas húmedas” (Feuchtgebiete, título original en alemán) a ser un best-seller mundial con más de millón y medio de copias vendidas. La historia, para decirlo pronto, comienza cuando Helen, una joven de 18 años sufre una fisura anal producto de una depilación imprecisa. El accidente la lleva a un hospital donde se desarrolla el argumento por completo, que apenas se sostiene en un monólogo interior donde la protagonista, de la nada, acaso producto de la soledad, relata algunas de las hazañas pertenecientes a su trayectoria erótica que incluyen a saber: la ingesta de vómito de una amiga, la introducción vaginal de huesos de aguacate, sexo anal en temporada de almorranas y otras peripecias semejantes donde el restregamiento genital contra la taza de un baño público se posiciona como lo menos repugnante. Acompañan intermitentes encuentros con el personal médico que tiene poca idea de lo que pasa por la mente de la paciente, una que desea el reencuentro de sus padres con motivo de la operación a la que será sometida. La novela tiene toques autobiográficos; al igual que Helen, Roche es hija de padres separados. En varios de los pasajes se manifiesta que las personas son capaces de todo con tal de reunirlos, en eso se basan los comportamientos autodestructivos de la protagonista, que aun dentro de la cama, teje una serie de planes para empeorar su condición, con la esperanza de que eso logre congregar a la familia por lo menos por unos minutos dentro del hospital. Ahí la única arista interesante; el resto, que pareciera buscar escandalizar por escandalizar, atrae en las primeras páginas para luego cansar y perder crédito cuando el lector recuerda aquella máxima que proclama que lo explícito rara vez tiene trasfondo. Uno de los problemas con esta novela radica en que si se critica la forma libre en que la joven hace uso de sus “zonas húmedas”, uno cae en el riesgo de ser tachado de  moralista o mojigato; señalo esto para no pasar por uno. De lo que se trata es de no aplaudir el penoso logro de convertir el sobresalto en monotonía.
 

 
Acme Novelty Library #20 “Lint” - Chris Ware (Drawn & Quarterly, 2010. 80 pp.)
 
A la última entrega de la serie The Acme Novelty Library, se le puede señalar como un logro con todas las letras. Este cómic, en menos de 100 páginas logra, a través del personaje de Jordan Lint, resumir las complejidades personales a las que suele enfrentarse el hombre nacido en el siglo pasado, desde los primeros pasos hasta su muerte. La tarea, que no es poca cosa, es ejecutada con éxito gracias a que cada centímetro de las páginas se aprovecha cargándolas de sensaciones, reflexiones, dolores. El propósito, que necesitaría de una larga explicación en manos de un improvisado, va revelándose delicadamente con la maestría de Chris Ware, uno de los autores de mayor prestigio en el ámbito de la novela gráfica americana. El cómic va envejeciendo conforme lo hace su protagonista, sin prisa ni pausa, con la confianza de alguien consciente de estar equipado con la noción de cómo avanzar en una historia librándose de tropiezos. Así, el periodo dedicado a su infancia está compuesto por colores primarios y dibujos geométricos que pasan a endurecerse con la llegada de la adolescencia. Ya en la adultez (que no madurez), lo que antes era cálido se vuelve gris y frío, dando una atmósfera opresiva complementada con los recuerdos tormentosos que acompañan a la decisiones equivocadas. Recomendado inclusive para los que jamás han leído una historieta; al finalizarlo deja con un pensamiento: “¿cómo hizo este hombre para contar toda una vida llena de laberintos en tan poco espacio?”, la especulación llega pronto: puede ser que la clave esté en adentrarse en la velocidad de la vida, que, como especie, obliga a olvidarnos del presente, al que se percibe como una insatisfacción permanente, para concentrarnos en la añoranza de los viejos tiempos y en el temor que supone el futuro. Obra maestra bajo cualquier condición; retrato del terrible padecimiento de la nostalgia y de las circunstancias que estropean los sueños.
 

 
Wilson – Daniel Clowes (Drawn & Quarterly, 2010. 77 pp.)
 
El creador de “Ghost World” y “Ice Haven” vuelve a dar en el blanco con “Wilson”, una novela gráfica con un protagonista que puede unirse, desde ya, al club de grandes personajes de este milenio que apenas comienza. El hombre que también da título al trabajo, es un misántropo que va por la vida quejándose de cuanto se cruce en camino y que tiene costumbres extrañas entre las que destaca la de enviar cajas rellenas de excremento a sus enemigos. La primera parte sirve para adentrarnos en la complicada personalidad de este individuo, en viñetas autoconclusivas de una página, cada una dibujada de manera diferente (con homenajes incluidos a Peanuts de Charles M. Schulz). No pasa mucho tiempo para caer en cuenta de que Wilson sería un amigo perfecto para otros iconos marginales del calibre de Ignatius Reilly o George Costanza, si no fuera porque, si algún día se toparan el camino, llegarían a escupirse en los ojos a la menor oportunidad. En la segunda parte comienza a profundizarse en el pasado, los sucesos que formaron al adulto. Debe saberse que la amargura y el odio por la humanidad jamás son una empresa gratuita. La muerte de un familiar  impulsa a nuestro héroe modificar algunos aspectos negativos de su vida, camino que abre con la búsqueda de su antigua mujer, misma búsqueda que opta por iniciar, para no perder el estilo, en una zona dedicada a la prostitución. Los esfuerzos no traerán los resultados deseados, cosa que solo  consigue afilar, aún más, su —amargada— filosofía urbana.
 

 

Afortunada – Gabrielle Bell (Ediciones La Cúpula, 2008. 114 pp.)

 
Este volumen reúne tres diarios autobiográficos que Bell, una de las pocas mujeres dedicadas al cómic, utiliza para soltar observaciones y fragmentos que no tendrían cabida en una obra de otra naturaleza. La experiencia creativa llevada a la intimidad, donde la búsqueda de un departamento y el lidiar con las goteras del techo son algunos de los móviles de cuadros donde los textos abundantes, casi prosísticos, luchan por cada centímetro con los dibujos. En conjunto, podría catalogarse como irregular; el segundo y tercer diario son más fluidos, no solo debido a la extensión (que entre ambos equivalen al primero) también por ser menos claustrofóbicos y con una mayor paleta de personajes. Como carta de presentación (es la primera vez que se le traduce al español) deja sentimientos encontrados; a ratos parece un talento promisorio, luego se pierde. A manera de epílogo se incluyen algunas historietas extra que salvan la cosecha. Menos estricta con la cotidianidad, ya suelta, sin las ataduras de documentar las peripecias personales a rajatabla, entrega pequeñas joyas como la historia de un agujero en la pared que coquetea con el surrealismo. Un buen final hace olvidar las carencias que la parte intermedia. En el entretenimiento, la última impresión igual de importante que la primera. Y ahí el marcador se empata.
 

 

Wilson, Daniel Clowes.

 

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