La voluntad de Werther
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Antes de empezar con los análisis y alabanzas del arte catalán, con los que el autor amenazó en su presentación, encontramos pertinente hablar antes de una obra verdaderamente especial, que recomendaremos con fervor a nuestros queridos lectores, conocida como Las cuitas del joven Werther, aunque mejor traducción es Las desventuras del joven Werther, una obra capital de nuestro estimado clásico alemán Goethe, la grandiosa Die Leiden des jungen Werthers (obviamente, el humilde autor de esta reseña no sabe básicamente nada de alemán, y leyó una traducción, pero le perdonarán esta muestra de esnobismo que soltó sólo como divertimiento).

Aparecida el 1774, esta obra serviría para lanzar a un joven Goethe a lo que hoy llamaríamos estrellato, lanzándosele encima también alguna que otra malhabladuría, ya que algo de autobiográfico tenía el libro. Esa obra sería además un primer emblema del movimiento literario alemán “Sturm und Drang” que predicaba la libertad creativa del autor, así como la ruptura de las infinitas reglas que existían para la elaboración de cualquier escrito. Goethe mismo critica a éstas por medio del protagonista del libro del que queremos hablar, pero que aún no empezamos, para poder situar a nuestros lectores.

“¿Y quién demonios es Goethe y qué demonios me importa a mí?” se preguntará más de uno. Ojalá que no sea así, pero por si acaso, daremos una pequeña respuesta a ambas qüestiones. Goethe es uno de los principales escritores alemanes, de los más grandes que han existido, un renovador de la literatura e influente hasta nuestros días. Suya es la obra de cabecera Fausto, base de la vida del bluesman y rockstar clásicos, por todo ese asunto del pacto con el demonio, y de él cuelgan los grandes autores en lengua alemana, como Thomas Mann, Hermann Hesse y el checo Franz Kafka, y otros que no leímos y cuya existencia desconocemos, así como, seguro que bebieron de su obra gente como Joyce y Proust, etc. Y tal como estos autores deberían interesaros, amigos lectores, no sólo por su buen gusto a la hora de escribir, sino por todos los dilemas personales que presentan en sus obras, Goethe, como padre de todas estas cuestiones, debería hacerlo mucho más.

Iremos pues a lo que nos ocupa, que es esa obra, Werther. Una de las mayores desgracias que nos acarrea el hecho que se publicase en 1771 y que sea considerada por muchos como un clásico es que, en el momento de leerla, conocemos inevitablemente el final. El autor, al interesarse en esta novela, aunque llamarla novela le sabe a poco, lo hizo por ese final justamente, que aparecía en un prólogo de una edición del ya mencionado Fausto. La obra, pues,  sin duda, es un clásico por ese desenlace, que sintiéndolo mucho, revelaremos aquí también: el suicidio del protagonista.

Werther es un muchacho extremadamente apasionado, tanto para lo bueno, como para lo malo, y en la primera parte de la obra, nos lo encontramos en un paisaje idílico, disfrutando como el que más de la naturaleza, del lugar, de la belleza. En esos instantes, Werther llega a decir que el malhumor no es más que una clase de pereza, un vicio, evitable a través de la actividad. Es en esta primera parte donde poéticamente se nos describen los personajes y panoramas más deliciosos que pudiésemos soñar, y donde también nuestro Werther encuentra la más dulce criatura en la tierra, alguien qué, estoy seguro, todos hallamos una vez en nuestras vidas. Esta misma criatura es quién durante el final de la primera parte, y toda la segunda, llevará a un cambio de 360º de la visión que el protagonista nos había ofrecido. Igualmente de forma poética, el escenario se nos presenta aterrador, llevándonos hasta el mismo desenlace de Werther. Es destacable el estilo narrativo, a través de cartas escritas por el protagonista a un desconocido amigo que a veces parece más bien su confesor o diario personal, que nos imbuyen en el pensamiento y corazón de nuestro querido Werther. Las cartas se mantienen, justo hasta unas páginas antes del tramo final de la historia, donde aparece de forma sublime un narrador, que nos aparta del sentir de Werther, como si nos diera un toque de manera que no nos metiésemos excesivamente en el terrible papel. La poesía sigue sin desaparecer, más bien se intensifica, ya que en este tramo Goethe nos deleita con su traducción de un poema de su amado Ossian. Finalmente, ese amor por la criatura perfecta lo lleva ese destino fatal, para nosotros.

Decía el filósofo catalán, Francesc Pujols, que ahora que lo mencionamos, revelaremos que él era el personaje de la ilustración de la entrada de presentación, en su libro Concepte general de la ciència catalana, que no pienso traducir ya que sólo deben hacer el esfuerzo de cambiar una e por una o y quitar una tilde, que la filosofía, y no sólo eso, sino el pensar y forma de actuar alemán, se basaba, y se ha basado siempre, en el prevalecer de la voluntad por encima de la razón. Ponía como ejemplo a nuestro Goethe, pero a través de su Fausto. Cabe decir que, quizá, Werther es una prueba mucho más sólida, de la verdad en el razonamiento del filósofo. Durante toda la novela vemos destacadas las cualidades de ese movimiento que mencionamos, el “Sturm und Drang”, haciéndose patente en ciertos momentos donde el protagonista desecha las reglas como algo opuesto al ser humano. En una de sus reflexiones más apasionantes, Werther llega a exclamar “¡también las reglas destruyen el verdadero sentimiento de la naturaleza y la auténtica expresión!”. Esta será su actitud siempre, ir al límite en todo lo que encuentre, de acuerdo con su voluntad, no con esa razón, que más bien parece una imposición humana. Werther defiende un amor, odio, placer, infinito, sin barreras ni límites, más allá de ese “que dirán” tan arraigado a nosotros hoy en día, en nuestro mundo perfecto arreglado por leyes sagradas que existen para cumplir, inevitablemente. Es magistral su interpretación de la religión: “un báculo para desfallecidos y un refrigerio para los devorados por la sed”. Se pregunta a continuación “¿debe serlo para cada uno de nosotros?”. ¿Si uno siente la necesidad de ir más allá, ese deseo de la voluntad, debe tratar de encajar en unos cánones?. Y una última prueba de este dominio de la voluntad en el sentimiento de Goethe la encontramos en el destino que elige para su protagonista, aceptado felizmente por éste, y del qué, según avanzamos en la lectura, se nos hace imposible una alternativa. ¿Por que mencionamos este pensamiento? Primero de todo, para introducirlos el pensador catalán. En segundo lugar, para hacerles fijar en este detalle, y darles algo para distraerse y reflexionar, que sé yo.

Morir por amor… se nos aparece como una tremenda estupidez a día de hoy, ¿no es así?. ¡Tremenda estupidez debería parecernos el no verlo como algo elevadísimo!. ¿Tan adormecidos estamos que llevar la pasión al límite nos repugna?. Es posible. Pero sin dudarlo, Werther nos ofrece otro punto de vista, que permite despertarnos, y pensar un poco más allá de lo que nos han establecido pensar. Leamos sobre la belleza que nos describe Goethe a través de los labios de Werther, y reflexionemos un poco, si nuestras posesiones y vidas perfectas son realmente tan apetecibles como ese locus amoenus soñado. Nos puede parecer cosa de niños, pero como Werther mismo llega a decir “¡Qué niños somos!”.

Terminaremos estos párrafos que hemos escrito movidos por la voluntad, recordando uno de los fragmentos más bellos de la novela, que esperamos que terminen de convencer al lector que, sí ha llegado hasta aquí, seguro que puede disfrutar de nuestra recomendación. Se trata al final del primer libro, en un contexto que no desvelaremos del todo, pero si diremos que la dulce amada de nuestro protagonista, mira las estrellas y reflexiona sobre la posibilidad de un posible reencuentro con su difunta madre, y si fuese así, si se reconocerían. Nuestro Werther se levanta para marcharse, y llorando por su amor desmesurado le responde (omitimos alguna frase para que lo disfrute en su entereza con el libro el lector):

“Volveremos a vernos, volveremos a encontrarnos y nos reconoceremos bajo cualquier forma que sea. Me voy, me voy por mi propia voluntad, pero si tuviera que decir adiós para siempre, creo que no podría resistirlo. ¡Adiós Lotte! [...] ¡Volveremos a vernos!”.

 

"Volveremos a encontrarnos..."

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