Jardines errantes. Cartas a J.C. Lambert 1952-1992
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Hace unos años, con motivo de su décimo aniversario luctuoso, se lanzó este libro compuesto por cartas inéditas que Octavio Paz envió durante un periodo de más de cuarenta años al poeta y traductor Jean-Clarence Lambert. Pasado el tiempo, los libros y los homenajes viene bien recordarlo desde la intimidad epistolar, sitio donde se descubre a personalidad sorprendente.

Los protagonistas de este intercabio se conocieron en 1951 después  una exposición de Rufino Tamayo presentada por André Breton en París. En aquel entonces, Octavio Paz trabajaba como secretario en la embajada  mexicana y no era muy conocido en Europa fuera de la élite cultural. Su creciente obra no había sido traducida al francés, hasta que del encuentro con Lambert surgió un entendimiento lo suficientemente fuerte para que éste último se dedicara paulatinamente a recrear (un término que el autor de Libertad bajo palabra prefería sobre el de traducción cuando de poesía se trataba) sus trabajos más importantes.

Las dos artes supremas de la verdadera civilización: el jardín y la conversación. O.P.

El trabajo diplomático de Paz lo llevó a saltar de un país a otro continuamente; Japón, la India, Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, además de México, fueron algunos de los lugares en donde residió. La comunicación entre estos dos hombres tuvo que darse entonces, por correo. La mayoría de los textos se enfocan en la toma de decisiones editoriales así como de publicación: correcciones de las versiones al francés, conformación de antologías poéticas, pago de derechos, creación de proyectos literarios (como el de las revistas Plural y Vuelta), etc. Dicha parte puede carecer de interés para el lector casual, lo interesante está en lo que rodea a esos apuntes profesionales, concretamente las líneas que Paz dedica a la reflexión y donde confluyen  la fraternidad, la cultura, la vida y hasta los consejos amorosos haciéndolo siempre en un tono relajado, el que distingue a un diálogo entre amigos. Seguramente Paz jamás imaginó que eta correspondencia de carácter personal terminaría siendo leída, años después, por el público general. De haberlo sabido, quizás la vanidad y su sentido perfeccionista le hubieran impulsado a hacer modificaciones y omisiones, no tanto de estilo, sino por el sentido: en especial para mantener intacta la imagen férrea que se suele tener de él. Lo digo porque en muchas de estas cartas, se muestra como alguien inseguro respecto a su propia obra, como si casi nada le gustara (excepto por “Piedra de Sol”  del que dice: "es lo mejor que he escrito. O, al menos, el poema en donde he querido decir todo lo que tenía que decir") e incluso en una de ellas confiesa estar fastidiado de escribir; sin embargo, en otras se muestra optimista, animado y satisfecho, confirmando la idea de su hija, Helena Paz Garro, que hace unos años lo definía como alguien fluctuante. Se debe tener en cuenta que en 40 años una persona cambia mucho (¿y no se hace incluso a cada día?), por lo que la variación de ánimo presente entre una carta  y otra es perfectamente entendible;  estos Jardines errantes no deben tomarse como un volumen desmitificador, sino como uno de aproximación a la parte humana del que fuera uno de los actores más importantes del ambiente intelectual latinoamericano del siglo XX.

Para los lectores jóvenes del presente será cuando menos curioso leer estas cartas y postales que, obviamente, se tratan de medios limitados de comunicación. Lo que ahora se puede resolver rápidamente por medio de un correo electrónico, a mediados del siglo pasado, tomaba semanas enteras. Aparte de lo que tardaba en llegar una carta de un país a otro hay que agregar el hecho de que a veces se perdían en el camino, y que un mero detalle dejado a medias equivalía a repetir el proceso hasta que los datos quedaran precisados por completo. En el libro no se incluyen la misivas escritas  por Lambert, en parte porque éstas quedaron reducidas a cenizas en el incendio que hubo en el departamento de los Paz en 1996 y en parte porque las palabras del mexicano se defienden por sí solas: él era la figura central de las mismas.

¿Autorizaría Paz la publicación de estas cartas? Imposible saberlo, lo cierto es que en el prólogo de uno de los tomos de sus obras completas (¿O fue en otro lugar? Confieso que cito de memoria),  refiriéndose a sus primeros escritos, mencionó que los publicaba a pesar de considerarlos menores, simplemente porque era preferible a que lo hiciera él, con cierto control, a que lo hiciera alguien más, sin ningún tipo de filtro, después de su muerte. Los lanzamientos póstumos son terreno peligroso, y este, aunque tambaleante por momentos, logra erigirse como un material provechoso.

La erudición en su rostro más amable, así podría calificarse a esta serie de cartas que resumen las virtudes de Octavio como amigo: profundo, cortés, atento, guía, consejero, … algunas que junto a la sensibilidad y el compromiso, también conforman al poeta.

 

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