Buzzcocks en la Ciudad de México
Auditorio Blackberry, 12 de Abril de 2012
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El destino ha sido un poco injusto con Buzzcocks. Fue una de las bandas que animaron al circuito de punk  británico durante la segunda mitad de los setenta. En aquel tiempo se codeaban con actos que ahora nos parecen estelares: Siouxsie and the Banshees, Sex Pistols,  The Clash. Inclusive Joy Division abrió varios de sus conciertos. Todo apuntaba a que eventualmente alcanzarían un lugar privilegiado en la historia musical de su época, ahí a lado de esas leyendas. Su influencia se percibe todavía. Entre sus admiradores pueden destacarse figuras como Morrissey y Kurt Cobain. Y aun así, han pasado los años sin que hayan logrado alcanzar un reconocimiento a la altura de su legado. En la actualidad han quedado relegados a un segundo plano que desentona con el material de primer nivel que lanzaron durante su carrera. Puede que su postura alejada del ámbito político, existencialista e incluso de la rebeldía (que sirviera de combustible para otras tantas agrupaciones  que hicieron de la polémica una catapulta), hiciera que ellos no funcionaran a nivel mediático. La suya es una historia sin grandes conflictos ni héroes decadentes de esos que el público tiende a adorar. Su sonido incluso se acerca más al Power Pop que al Punk salvaje que empezaría a despuntar a finales de la década dejando atrás a esas primeras agrupaciones que aún tiraban bastante de las melodías y de la diversión.

Lejos de historias relacionadas con heroína y autoflagelaciones, a Buzzcocks se le puede reconocer por las brillantes y sencillas letras dedicadas a los problemas de la adolescencia; ahí en donde otros buscaban causar polémica a base de virulencia, Pete Shelley y Steve Diggle aprovechaban para echar un vistazo a los amores perdidos y a las frustraciones propias de la inexperiencia. Esta tendencia mundana hizo que Howard Devoto, uno de los fundadores y frontman original, abandonara la nave para ir a fundar Magazine con quien podría experimentar  lo que ahí se le negaba. Sus viejos compañeros tenían otros objetivos, especialmente relacionados con el de salir al escenario cada fin de semana aprovechando al máximo la fórmula de guitarras explosivas donde se aspiraba, sobre todo, a pasar un rato agradable.

En definitiva, siempre ha sido una agrupación que juega en la frontera de su época, ni no son experimentales para ser incluidos en el saco de Wire ni tienen el aura británica de The Jam. Tampoco son suficientemente rudos para entrar en la dureza de Sex Pistols o The Damned, aunque son lo suficientemente equilibrados para ofrecer una propuesta atractiva para el público de las bandas mencionadas. Que no se malinterprete, su sonido  no es liviano y por algo se les incluye dentro de la corriente de la época. Solo hay que indicar que no entran dentro de los clichés con los que se suele relacionar al Punk.  Tal vez por ello puedan llegar a presentarse como un producto irresistible para quienes llegan a toparse con sus discos,  no sin dejar el sabor de la sorpresa al enterarse de que su valoración en el mercado es, siendo generosos, apenas distinguible. También por ello su pequeño grupo de fans es heterogéneo, siendo igualmente aptos para agradar a los admiradores del rock clásico que para los punks que van ataviados  con chalecos de cuero y argollas en los pechos.

Como era de esperarse,  su primera visita a la Ciudad de México tuvo un aire de bajo perfil. Recibieron poca promoción y el evento se programó en un día y horario complicado. Tal vez los organizadores, en un afán de proteger la inversión, decidieron ponerlos a tocar en la misma fecha y en el mismo lugar que St. Vincent, en una especie de concierto-combo donde se amalgamaron dos fuerzas: la de los asistentes hipsters que iban por Annie Clark y la de los punks de la vieja guardia que esperaron la llegada de ese momento durante decenas de fiestas peligrosas. La diversidad del público hizo que los tacones convivieran con las botas industriales y que los lentes de pasta se vieran amenazados por la presencia de pulseras de picos que rondaban por el lugar.
 


 

El Auditorio Blackberry albergó a alrededor de mil quinientas personas que, sin importar las complicaciones de transporte que suponía asistir a un concierto que iniciaba a las once de la noche, se mantuvieron fijos en un acontecimiento que se concretaría al borde del milagro. Los boletos no volaron, así que una próxima visita se antoja complicada, pese a las buenas intenciones de quienes estuvieron involucrados en el evento. Esta sensación, hizo que la prioridad fuera aprovechar al máximo lo que se estuvo esperando por muchos años y que difícilmente podría repetirse.

Cualquier otra duda o afrenta quedó olvidada en cuanto la banda inició su presentación con “Boredom” del mítico Spiral Scratch, el EP debut con el que sorprendieron al circuito independientes apenas despertaba 1977. Enseguida vino “Fast Cars” con la que se reafirmó la gran ventaja de la noche: la ausencia de un nuevo álbum para promover  haría indispensable recurrir  casi sin pausa a los viejos temas clásicos. Gracias a ello desfilaron “Promises”, "What Ever Happened To?", “Autonomy”, “Noise Annoys”, “I Don't Mind”, “What Do I Get?” y “I Believe” que junto a otras hicieron hervir al personal que hacía todo lo posible por acabar con moretones al final de la noche. Las oleadas de gritos y empujones iluminaron el lugar sorprendiendo a los propios integrantes de la banda, que evidenciaron su gratitud por las reacciones de sus admiradores. Era como si estuvieran cómodos (que no conformes) con su nivel de popularidad; no lamentando el no tener las masas que merecerían, sino valorando lo que tienen a sabiendas de que su séquito de fanáticos compite en efusividad con multitudes del doble o triple de tamaño.

Fue obvio que ya no eran los jóvenes que alguna vez protagonizaron videos atractivos sin importar su presupuesto. El paso del tiempo ha sido cruel dejando en su camino canas y sobrepeso. Lo que se ha mantenido es su disposición para la entrega. A estas alturas, después de cientos de shows por varias partes del mundo, uno pensaría que el ritmo sería otro, que ya no existiría la misma emoción de antes, tomando en cuenta de que el salir a tocar se ha vuelto una cotidianidad para ellos, pero no, nada más lejos de eso. A diferencia de otros conjuntos con mucho menos experiencia, Buzzcocks salió al escenario, por el compromiso sí, pero también por la voluntad de divertirse. No son de los que traen una actitud petulante, como si estuvieran haciéndonos un favor con su presencia, por el contrario, ellos saben que para que un concierto sea redondo, el disfrute debe venir de ambos lados, del artista y del espectador. Mención especial merece Steve Diggle que a sus 56 años sigue revolcándose cual niño e improvisando en su instrumento. Un ejemplo de madurez musical que mantiene un elemento que en ocasiones se pierde por considerase —de manera equivocada— contradictorio: la frescura.

Una vez terminado el set principal, y después del amague de cajón, vino el encore con tres canciones a prueba de todo. “Harmony In My Head”, “Ever Fallen in Love (With Someone You Shouldn't've)” y “Orgasm Addict” agotaron el combustible que restaba entre los presentes.  Una cátedra final. Hora y cuarto de música para agitarse. Otro de los tantos golpes de unos sobrevivientes que se niegan a salir derrotados.
 


La leyenda cuenta que si la foto es nítida, el concierto no fue lo suficientemente animado

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