Fellini. Les Cuento de Mí
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Costanzo Costantini,  el autor de las entrevistas contenidas en este libro, conoció a Federico Fellini desde los inicios de su carrera, cuando todavía, ante la falta de dinero, salía de los restaurantes sin pagar. Lo que en un principio se trató de encuentros profesionales entre periodista y cineasta, pronto se convirtió en una amistad cercana que perduraría hasta 1993, cuando Federico falleció. La relación entre ambos hace de este, un volumen excepcional. Las aproximaciones con la prensa suelen ser, para muchos, un  fastidio donde las respuestas se dan casi de manera automática para salir del paso, una dinámica impuesta por la naturaleza del entretenimiento como industria. Mas, cuando la entrevista se da entre un par de amigos, la dinámica cambia, el subtítulo del libro lo anuncia más bien como “conversaciones” ya que eso son, aun cuando el protagonista absoluto siga siendo quien aparece en portada. La confianza que el director tiene en Costantini lo hace sentirse libre y cómodo gracias a lo cual revela información reservada sólo para su círculo íntimo. Les cuento de mí, constituye una biografía fragmentada, porque aunque se pudiera decir que los temas tratados son los de su obra cinematográfica (y por tanto profesional), la esencia autorreferencial de éstas hacen que paralelamente  se vaya contando la vida personal del Maestro.

Fellini era un ávido conversador. Entre las varias anécdotas compartidas por Costantini hay una que lo demuestra. Narra que en una ocasión, a mediados de los 70, y con motivo del Oscar ganado por Amarcord, concretó una cita con Federico para hacerle unas preguntas. El autor de la película se mostró indispuesto, la noche anterior le comentó que no se le ocurría nada importante qué decir, y que bastarían 5 minutos para que terminaran; de mala gana aceptó sólo para echarle la mano a su amigo, que necesitaba escribir algo para el medio en el que trabajaba. Al otro día cuando se encontraron en Vía Sistina, Fellini habló, sin parar, por cuatro horas y media.

De la primera a la última página apenas se notan cambios en la personalidad de Fellini. Sobra decir que los temas tratados son variados y que cada respuesta está cargada de genio profundo, pero aun con la llegada de los premios y renombre mundial, siguió siendo el ser sencillo y humilde de siempre. En la parte trasera del libro viene una frase de Orson Welles: Fellini es, esencialmente, un muchacho provinciano que nunca llegó realmente a Roma. No, todavía está soñando. Y todos deberíamos estarle agradecidos por sus sueños”. En las palabras que pronuncia, entonces, siempre se percibe la añoranza por su tierra natal, Rímini, fusionada con las impresiones causadas por la gran Roma a la que denominó como “una ciudad para esperar el fin del mundo”.



Federico Fellini padeció de insomnio durante su toda vida. Probablemente ante la frustración que suponía la constante interrupción de los vívidos sueños que tenía, optaba por dibujarlos al despertar para luego transformarlos en películas. Su carrera es una travesía onírica, que lo distinguió de la generación del neorrealismo italiano. Ya desde las primeras películas se notan las pinceladas de distinción que luego, con la llegada de los 60 y de la libertad que otorga el prestigio, se hacen más evidentes, hasta convertirlo en el autor de un estilo o, para ser justos, de un mundo, que se cuece a parte de las convenciones de sus contemporáneos. No obstante, la singularidad de su obra lejos de apartarlo, lo convertían en alguien cercano y entrañable, ya que gracias a sus sueños recordábamos a los nuestros, esos que descartábamos al empezar el día sin darnos cuenta de que eran fuentes inagotables de inspiración. El hombre detrás de proyectos tan complejos como 8 1/2 o Satyricon era en el trato de persona a persona, elemental y espontáneo. Cuando se le cuestiona sobre las comparaciones con Proust y Joyce que se han hecho sobre su obra, confiesa apenado nunca haberlos leído e incluso agrega que los artistas deberían mantenerse alejados de las bibliotecas. También se relata cómo Anita Ekberg estuvo reacia a aceptar el papel que se le ofrecía para La Dolce Vita por lo poco serio que le parecía Fellini tomando en cuenta que cuando se le acercó no tenía siquiera guión. Incluso le ofreció a ella escribirlo, para poco después entregarle unas cuentas líneas redactadas en un pésimo inglés que simplemente la hicieron reír. Por fortuna su agente ya se había comprometido, por lo que se vio orillada a actuar con esa otra figura central del mundo felliniano: Marcello Mastroianni. A él lo eligió por algo difícil de encontrar dentro del menú de actores: una cara común y corriente. Otro dato: en la mítica escena de la Fontana de Trevi, para calmar el frío que hacía, Marcello se tomó una botella de vodka y llevaba por debajo de la ropa un traje para buzo. Al momento de la llamada estaba completamente borracho.

Lo anterior es una pequeña muestra de lo que se encuentra en Fellini. Les cuento de mí, recomendado para el admirador promedio e incluso para quienes no lo conozcan de nada, ya que por ameno y ligero alimenta las ganas de aproximarse a sus películas, las cuales son revisadas cronológicamente, incluyendo los proyectos inconclusos de El Viaje de G. Mastorna (cancelado por complicaciones y supersticiones del autor) y Viaje a Tulum (para la cual incluso visitó México) además de La ciudad de las mujeres, a la que consideró “maldita” ya que durante su filmación ocurrieron varias tragedias, la más sensible de ellas la muerte de su sentido del oído: Nino Rota.

La traducción y edición son excelentes. Una maravilla que, por si fuera poco, incluye líneas sobre el amor entre Federico y Giulietta Masina, la relación ambivalente con Pasolini y variados recuerdos íntimos de los protagonistas de la época. Indispensable para los enamorados del verdadero cine.

 

Fellini. Les Cuento de Mí. Costanzo Costantini. Trad. Fernando Macotela. España, Sexto Piso, 2005, 291 pp

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