Breaking Bad o los motivos de la ficción
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El aumento geométrico de la audiencia y el éxito universal de público y crítica no serán las únicas particularidades destacables en una serie cuya premisa me sonó cuando menos boba la primera vez que supe de ella: un profesor de química sobre calificado es diagnosticado con cáncer terminal y decide utilizar sus conocimientos y su pericia para fabricar metanfetamina cristalizada.  Ése es el argumento de la serie más aclamada de la historia.  A mí sólo me hizo soltar trompetillas durante mucho tiempo hasta que me decidí a experimentar directamente el asunto.  “Además, es el papá de Malcolm”, decía.  Suponía mucho y desconocía todavía más. Bastó el primer episodio para que se me cerraran las escapatorias a su narrativa.  En aquel primer momento de disfrute puro se me hubiera dificultado —incluso más que ahora, se entiende— articular qué era lo que no me permitía dejar de seguir poniendo un episodio tras otro.  No se trataba únicamente de los cliffhangers, o del buen gusto en la producción audiovisual.  Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que la fuerza de Breaking Bad reside en la potencia elemental que la ficción ejerce sobre la mente.

El protagonista, Walter White, describe el abordaje ficcional que la serie va a llevar a cabo durante un discurso que da a sus alumnos en el primer episodio.  El objeto de la química —les dice— es, en sentido estricto, la materia; pero él prefiere verla como la ciencia de la interacción y la transformación: la ciencia del cambio.  Los realizadores hicieron algo que, por lo que sé, no había sido intentado a esa escala dentro del formato de serial televisivo: convertir a la transformación de un personaje y sus circunstancias en el centro de la narrativa.  Hasta Breaking Bad las series habían apostado por centrarse en el formato y la estructura de sus episodios.  Los personajes no eran otra cosa más que meros dispositivos, útiles en cuanto ponían en acción las variaciones del planteamiento central en cada capítulo.  Breaking Bad, por su parte, nos recuerda y lleva a cabo una función primordial de la ficción: ser un campo para la experimentación con el alma.  Tal como se haría en un laboratorio alquímico, la ficción tiene el poder y el deber de crear homúnculos imaginarios.  Entre más parecidos sean a los hombres de verdad, más cerca podremos sentir lo que nos transmiten; y eso sólo puede probarlo un creador de ficciones al introducir sus homúnculos dentro del experimento —el set de circunstancias imaginarias para sus seres imaginarios.  Después sólo resta ver cómo reaccionan.  Las metamorfosis están en el núcleo de todo lo que nos hace personas y las ficciones como Breaking Bad son el conjuro que nos permite, por medio de complicados (aunque no por eso inexplicables, como creen algunos) mecanismos, experimentar posibilidades de la situación humana a las que no podríamos acceder, si no fuera por ellas, en una sola vida: lo horrendo, lo bellísimo, lo bondadoso, lo malvado… La lista es interminable y las maneras en que todos esos aspectos pueden ser presentados es lo que sigue nutriendo al arte; al arte de la ficción en especial y, sobre todo, al ansia de los que la consumimos.  Creo que Breaking Bad (junto con otras producciones) está haciendo por las series de televisión lo que Alan Moore, Neil Gaiman y otros autores hicieron por el cómic en los ochenta: le están dando legitimidad artística y dotando de una tradición elevada a un medio que era considerado la última opción para el consumo inteligente.  Todo a base de imaginación, cuidado, creatividad y empeño.

De los temas tratados en la serie, el gran titular es el mal.  Breaking Bad nos dice que la maldad, por monstruosa que parezca, es una actividad con orígenes, motivaciones y consecuencias para quien lo practica y para quienes están bajo su influencia.  La premisa sencilla que describí al principio es la puesta en escena del experimento que nos acercará, a través del cristal, a ver qué hay en el fondo del crimen y la corrupción.  Como lo han hecho otros artistas (Leonard Cohen en “All There Is To Know About Adolf Eichmann”, por ejemplo), los autores de Breaking Bad nos recuerdan que el mal no es un exotismo, sino una muestra esencial de lo que somos.  Detrás del crimen hay motivos, sean legítimos o no.  La destrucción y la miseria moral pueden ser tareas emprendidas minuciosamente por cualquiera de nosotros si somos puestos en las circunstancias adecuadas.

Breaking Bad tiene innumerables temas y matices  además de los principales del mal y la transformación. Cualquier aparato de ficción debe —creo— darnos la impresión de que desintegrar sus elementos sería una tarea imposible, tal como sucede con la vida que tenemos que realizar a diario.  Sin embargo, quisiera destacar uno de los elementos subterráneos más importantes: el papel del azar en todo lo que nos ocurre.  A pesar de estar calculada hasta niveles obsesivos de detalle, la narración muchas veces nos abruma con una sensación de caos que parece irreversible todas las veces que se presenta.  Breaking Bad es sobre las decisiones, las omisiones (que son igual de importantes) y sus consecuencias; pero también la multitud de cosas que no están bajo el control directo de la voluntad.  A mi ver, ambas se entrelazan y tejen el dibujo completo sobre la experiencia de vivir como ser humano en nuestro propio paquete de circunstancias.  Un dibujo que hemos tratado de calcular, descifrar y predecir desde todos los puntos de vista imaginables, incluso en contra de la intuición que nos dicta lo imposible de la empresa.  Hasta ahora, una de las mejores formas que hemos descubierto para ese fin es operar imitaciones más o menos perfectas de este curioso mundo con sus curiosos habitantes, y Breaking Bad finge muy bien ser real.  La cantidad de matices y de detalles cruzando el escenario sin sentido aparente para después revelarse como cruciales nos recuerda con mucha fidelidad el modo en que vemos nuestra propias vidas “verdaderas”, ésas a las que somos arrojados con lagañas todos los días.

Nosotros, como los personajes que vemos y leemos, también nos transformarnos.  Muchas veces es difícil hacer que nuestra satisfacción alcance al ritmo de nuestras propias mutaciones.  Nadie ha dejado de sorprenderse cuando ve fotos viejas de sí mismo, o cuando recuerda las cosas que hacía y decía apenas unos años atrás.  “Si hubiera sabido”, pensamos.  “Si hubiera tenido una ventana a través de la cual ver qué es lo que me podía pasar si seguía así”, decimos.  La ficción es esa ventana y, aunque no todos podemos ser los reyes de la metanfentamina en el southwest, sí podemos aprender mucho de nosotros mismos y de lo que implica ser humano en esta tierra a través de lo que nos ofrecen las ficciones. Breaking Bad es una de esas ventanas, y una muy lujosa.

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