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Carancho
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El cine argentino llegó a su punto más alto de popularidad mundial luego de muchísimo tiempo de gestación estilística gracias a una película genial pero estandarizada al gusto mundial como fue El secreto de sus ojos. La Argentinidad, claro, estaba marcada por los diálogos entre sus personajes y los lugares comunes que tocaba para que cualquier argento que la viera sintiera identificación por un Darín soberbio, un Francella sorprendentemente creíble o una Villamil llena de sentimientos suprimidos. Pero el guión y el hueso de la película podrían haberse hecho en Buenos Aires como en Londres, en New York como en París, y la historia sería creíble igual. Lo que le da a la película un marco de internacionalidad (y sí, invento palabras, chúpenla), que sin ir más lejos logró el premio más “importante” en este arte.

Pero como lo dicho anteriormente, El secreto no es un hecho de genialidad aislada, ni mucho menos un golpe de suerte. Fue la suma de films que, con un cine plagado por películas horribles en los '80 y mediados de los '90, tomó los pocos trabajos interesantes como punto de partida para un cine nacional nuevo y mas creíble, menos caricaturesco y ridículo, más crudo, más ocuro y real. Ejemplos hay de sobra: Adolfo Aristarain con su genial Un lugar en el mundo y su barrial Martín H, la architaquillera Nueve Reinas de Fabián Bielinsky... Y así podemos seguir por horas. Todas y cada una tienen algo en común: son historias que se pueden transportar a la realidad. En un determinado momento histórico o en la actualidad misma. Ese pareció ser hasta ahora el reglamento básico para el cine argentino actual. Meterte en la película y sentir que vos podés ser el protagonista, dándote una participación con un plus imaginario. Campanella tomó eso y lo llevó a un asesinato por resolver. Un culpable suelto por acomodos políticos y un final crudo y duro. Tranquilamente Holliwoodense o como joraca se pronuncie.

Entonces, ahora todo director argentino está en una disyuntiva: buscar repetir una fórmula que se espera internacionalmente (vamos a ser sinceros: desde ahora se va a ver muchísimo más afuera del país cualquier película que se haga) o seguir con historias barriales, argentas y crudas. Y Pablo Trapero no tuvo dudas en hacer lo que más cómodo le sienta: una película más argentina que el dulce de leche, más bonaerense que la cumbia villera, más callejera que tu hermana. Y el resultado es una película repulsiva, opresiva y si me preguntan a mí algo pasada de mambo. Bienvenidos al mundo La Matanza, tierra de caranchos y vividores:

Antes de meternos en sus falencias (pocas pero importantes) y virtudes, hay que explicar que el carancho de la peli no es el bichito pedorro que anda por andá a saber qué selva de mierda. Carancho se les llama a los abogados que contratan personas para que tengan accidentes de tránsito a propósito, para sacarles plata a los seguros automovilísticos, y darle menos del 20% al accidentado. Esto suena a fantasía barrial barata, pero les aseguro que en el conurbano bonaerense hay de sobra de este tipo de abogados. Y Darín, ni más ni menos que Darín, es uno de esos que por culpa de una quitada de matrícula trabaja para una oficina de abogados que solo se dedica a cagar gente. Sacarle la plata, matonear a los que se quejan y comprar juicios por cobro de plata por precios risorios... todo esto está a la orden del dia. En ese trabajo poco limpio se enamora de una doctora (una hermosa y talentosa Martina Gusmán, apunten este nombre), a la cual le promete que hará todo lo posible para salir de ese mundo. El guión no es para nada original, pero cuenta una realidad que muy pocos ven. Pero lo fuerte de la película está en dos sectores. Lo primero y que más me impacto es la gran dirección del carajo que se manda Trapero, el cual parece que siempre tiene la toma perfecta para cada momento. Con planos cortos unipersonales que te muestran el estado de ánimo del personaje sin que éste diga una sola palabra o se mueva en lo mas mínimo. Y lo segundo es lo trepidante e intensa que es. No hay baches, es todo un devenir de momentos uno más intenso que el otro, romanticismo sin ser clicheoso y el final creo que marca como el mas impresionante de estos últimos tiempos. Bien para que te caigan para el orto los chocolatitos de maricón que te lastrás en tu butaquita de gay.

Pero no es perfecta por otros factores que son muy importantes. Acá hay dos actores geniales. Todos sabemos lo que es Darín y que si fuera yanki Nicolas Cage se tendría que dedicar al periodismo deportivo. Y si a esto le sumamos una actriz que se come la película como Gusmán, la cual te llega a enamorar con su sobriedad, no puede fallar nunca. Pero falla, y lo hace en el punto más importante de la película. Si la historia se entrecruza con estos dos personajes, tiene que haber magia entre ellos. Y la verdad que no la hay. No hay nada. Te quedás viendo cómo dos actores de primera línea no conectan nunca. Cómo suena forzado su amor, y no por una búsqueda alimenticia del guión. Y en esto le echo la culpa directamente a los diálogos. No hay un puto diálogo memorable y este tipo de películas lo necesitan a morir. Por eso, uno termina hablando de determinadas imágenes cuando sale del cine y no de momentos concretos de la historia, la cual sufre de ser plana por este motivo. Es una pena; la película termina siendo una gran muestra de dirección con dos actores que nunca me voy a cansar de halagar, pero parece que cada uno se estudió su guión por su cuenta y se juntaron a último momento para filmar. La cagaste che.


¡Bueno che, véanla igual!

Director: 
Pablo Trapero
Pais: 
Argentina
Año: 
2010

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