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Sam Destral
Sam Destral
Por:

¿Cómo te sentirías si el alma te saliera?

El disco arranca con una pregunta, y desde ese mismo momento cabe la impresión de que no habrá respuestas.

¿Cómo me sentiría si el alma me saliera? ¿Si se me saliera del cuerpo? ¿O si me saliera, suponiendo que estoy "intentando" un alma?

Antes de que pueda incluso hilvanar qué es exactamente lo que este músico catalán me preguntó, ya estoy en otra, sumido en un insistente repiqueteo percusivo - anticipando el muy similar comienzo de King Of Limbs de Radiohead unos buenos 7 meses antes - y unas guitarras que suenan como sirenas de una flota completa de ambulancias malignas. No hay vuelta atrás. La voz en "Pots?" es una sucesión de interpelaciones trasnochadas en una lengua catalana que nunca sonó tan rústica, tan proveniente de cuevas visigodas en los pirineos (¿que no obstante no se priva de una referencia a Ana Belen?). Más cuando llega el monstruoso fuzz del final, si algo queda claro con las sucesivas escuchas del Sam Destral - este autotitulado debut que su mismo autor caratula como "ruido; es lo que hay" y cuya tapa es digna de un afiche de la marcha del orgullo - es que se nos arroja de una y sin aviso previo al tour-de-force psicológico de este sonoro menú.

El sonido de Sam es espartano y hasta diría mortuorio; produce la intrincada sensación de "ver" los espacios en blanco entre los instrumentos, y de viajar por entre ellos. Los bucles de percusión son moneda corriente, tanto como el tratamiento "descuidado" de la voz y las guitarras, con ese eco que ya es una auténtica marca de autor. Ríspido, sin ornamentos placenteros, ni alardes de emotividad, pleno de garabatos eléctricos aparentemente azarosos (ver "Le vin de l'assesin"), el sonido de Sam Destral no está pensado para excitar a las masas; repetidas escuchas son requeridas para ir desmalezando los grises, las luces y las sombras, cosa que nunca llego a conseguir completamente. La impresión sonora es casi neutra para las emociones y lo sensual, pero bastante impactante desde lo cinemático: es una música de imágenes, y de movimiento.
 

Esto es especialmente notable en los instrumentales. Por ejemplo, el perturbador swing-abstract de "Las Pampas" bien podría sonorizar una serie de fotografías de una ciudad vacía y pulcra, congelada bajo el sol de un eterno, infinito mediodía de solsticio. Tampoco la vería fuera de lugar en un mapa especialmente enervante y peligroso del Doom II, cuando los pasillos están vacíos pero tu mente ya sabe que algún vil espectro anda por ahí. "Un moment, por favor" con su febril groove kraut, tan breve como orgiástico (esos acordes!), es una especie de feria teatral en miniatura (mi ingenio verbal no puede contra una música tan pura) donde diferentes títeres moribundos saltan al unísono porque sí.

La canción que se proclama "sin título" es, ¿irónicamente?, la que imagino como el posible centerpiece de una performance en vivo de Sam (en una de esas tabernas de mala muerte donde no hay ni una puta ventana). El riff acústico en el que se basa tiene la imponencia y el momentum necesarios para generar en el auditorio ese golpe de severidad poética, de contemplación obligada que causan los grandes opus. Destartalarlo todo en un incongruente freak-out final es el gesto supresor que le debe haber privado a la canción de su título.

Vómit, el único single del álbum, contrasta bastante con el mambo predominante. Con su factoría expresamente lo-fi, la canción busca ser una mímesis del ethos indie: acordes bien sencillos y melodías nada rebuscadas que de tan "normales" y "descuidadas" buscan un efecto de candidez que en algunos oyentes resulta embriagador. Una onda Daniel Johnston. No es mi caso, por lo que Vómit suele ser el tema que más se me pasa desapercibido, si bien se lo valora como una cuña de ternura entre tanto equívoco malestar (me desdigo: la letra, una oda a la claustrofobia de estar vivo, es hasta más tenebrosa que las otras, y eso suma).

La cosa llega al epílogo con la pictórica, pastoral "Lorelei", la relectura catalana de Norwegian Wood / 4th Time Around, que se guarnece de unas bellas líneas de guitarra algo bossanovescas y unas guitarras al reverso que parecen cellos (lo único más o menos "bello" del álbum, a no dejarlo pasar). Uno comprende, al transcurrir la poética sección media que claramente, "Lorelei" es la composición más lírica, la más "acabada" del disco, suponiendo que Sam haya querido "acabar" algo. En contraste, con "Cium Ara Cay" vuelven los bucles, las voces tenebrosas, las guitarras anárquicas, un Sam que suena más drogón que nunca apelando a una joven (y vieja) y fresca (casi se le escucha caer la baba), representaciones scat de Damo Suzuki y Tim Buckley. Un jam-reventón donde Sam es, finalmente luego de tanto encierro, libre.

Las influencias son variadas: hay bastante de Can junto el ánima de Syd Barret y bajo la estrella de la Velvet Underground. Pero eso es solo a simple vista. Como todo autor, en última instancia es difícil hallar los paralelos y se disparan de pronto tantas referencias juntas que al final se invisibilizan en la síntesis. Ya nadie las ve. El álbum con sus abstracciones y sus gestos reacios resulta más bien enigmático, brusco, profundamente hermético.

Lo entiendo como un halago.

Año: 
2010
País: 
España

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