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Esta Boca es Mía
Joaquín Sabina
Por:

A los catorce [parece que fue ayer] el rey Melchor se lo hizo bien conmigo y me trajo, por fin, una guitarra. Aquel adolescente ensimismado que era yo, con granos y complejos, en lugar de empollar física y química, mataba las horas rimando, en un cuaderno a rayas, versos llenos de odio contra el mundo y los espejos. – J.S.

Pese a tener una gran popularidad, creo que Joaquín Sabina se trata de un artista al que cuesta trabajo agarrarle el modo. El reconocimiento a su pluma es prácticamente unánime, siendo su música la que genera en ocasiones algunos cuestionamientos. Están los que compran el paquete completo y admiran tanto las letras que crea como las notas que salen en sus canciones. Históricamente he sido de los que recurren más a él más por lo que dice que por la forma en que lo hace. Lo conocí de manera consciente gracias a “Calle Melancolía”, aquel clásico perteneciente a Malas Compañías (1978) el cual despertó mi entusiasmo. Antes de eso, debo confesar, la única referencia que tenía sobre el de Úbeda era aquella famosa anécdota ocurrida en Londres en los años de exilio, cuando al estar tocando en un bar conoció a George Harrison, quien amablemente le dio una propina de cinco libras que se dice aún conserva.

Sin ningún criterio en particular proseguí con dos álbumes que siendo irregulares guardan en sí destellos de genio como lo son Juez y Parte (1985) y Hotel, Dulce Hotel (1987). Del primero, lanzado junto la banda Viceversa, destaco en especial “Quédate a domir”, un apasionado tema al que la horrible producción no logra vencer. El segundo, ligeramente superior, cuenta con “Así estoy yo sin ti” y “Pacto entre caballeros” dos que considero fundamentales al incursionar en tierras Sabinianas.

Como digo, dos álbumes correctos a los que aplaudí, en especial por las letras. Suficiente para que se ganara mi respeto, aunque le faltaba algo, que no alcanzaba a identificar, que provocara mi anexión a su nutrida legión de seguidores. Le di una otra oportunidad con 19 días y 500 noches (2005) y algunas piezas aisladas del resto de su discografía. El sentimiento fue similar, las letras funcionaban en cada ocasión : eran los arreglos y las musicalizaciones las que, sin ser horrorosas, me tiraban un poco para atrás. Habían algunos aciertos, desde luego, Sabina ha sabido rodearse de verdaderos profesionales a los que no pretendo menospreciar, comparto únicamente la impresión agridulce que partes de su repertorio me han dejado.

Pasado mucho tiempo desde el último esfuerzo que hice, encontré, por azares del destino, una copia usada de Esta boca es míade 1994, año en el que los países anglosajones sufrían la muerte de Kurt Cobain y celebraban el nacimiento de Oasis. Fue apenas hace una semana, cuando al caminar por un mercado encontré a un vendedor que tenía, entre varios tiliches, un pequeño libro de Sabina. Por simple curiosidad pregunté el precio, ya que ni siquiera alcanzaba a divisar el título del mismo. El vendedor me lo pasó para que lo viera, al tiempo en que me indicaba el costo, uno bastante bajo que terminó por convencerme. Antes de irme todavía me dijo “cuidado con el disco, no se le vaya a caer”. Extrañado, revisé el contenido, y en efecto, al final de las páginas venía un disco. Era el que da título a este post.

Investigando cual Sherlock Holmes (gracias, Google) me enteré que pertenece a una colección de libros llamada “Palabras hechas canciones” distribuidos en España por el periódico El País y que en México se difundieron a través de editorial Aguilar. Fue una compra excelente; en el libro venían, además de las letras, la historia detrás de cada uno de los temas, fotografías del archivo personal del compositor, entrevistas y textos de Diego A. Manríque.

Lo anterior sería vano si el disco, el plato fuerte a fin de cuentas, fuera flojo. Afortunadamente no es así. Ya desde “Esta noche contigo” se aprecia la sobriedad que se extrañaba en varios de sus trabajos anteriores. Esa es la principal cualidad de Esta boca es mía: la contención, la sugerencia, los paisajes finos que envuelven en terciopelo a las historias contadas, que como siempre, sacan nota alta, dando en suma la primera obra de este hombre a la que considero redonda.

“Por el bulevar de los sueños rotos” es un homenaje a Chavela Vargas que de paso hace reverencia a José Alfredo Jiménez. La música, a cargo de Álvaro Urquijo (Los Secretos), recrea la atmósfera de una cantina mexicana al calor de la bebida de manera respetuosa y cálida. El rock de “Mujeres Fatal” resume en cuatro minutos y medios la complejidad femenina así como lo variadas que son.

Los 55 minutos que dura que se pasan rapidísimo. “Más de cien mentiras” se trata de la canción con mayor contribución a la duración, cerca de siete minutos bien justificados en la que se pasa lista de las tantas cosas que hacen llevadera a la vida: los poetas, Lennon y McCartney, el mal de la melancolía, retratos de novias que nos olvidaron: más de cien motivos para no cortarse de tajo las venas.

Cierra el disco la titular. Breve, emotiva y con la frase final cedida a Olga Román quien entona de manera tal que dan ganas volverla a vivir una y otra vez.

Para recordar. Para tener de compañía. Para sufrir de cuando en cuando. Para tenerla presente. Para pensarla. Para que sepan que esta boca es mía.

Año: 
1994
País: 
España

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