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Emitt Rhodes
Emitt Rhodes
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EL MANUAL NO OFICIAL DEL BUEN MELÓMANO ESTABLECERÍA QUE, a medida que vamos descubriendo bandas nuevas, aprendemos – no sin un ingenuo orgullo – a trivializar conceptos como “melodía”, “estribillos pegadizos”, “armonías hermosas” y demás perogrulladas beatlescas con las que probablemente nos hayamos identificado en un principio pero-ya-no. Entonces empezamos a profetizar el “feeling” de los cantautores ignotos que agarran una guitarrita, el “virtuosismo” del rock sinfónico, la “innovación” de enfermitos del krautrock (fanáticos de Stockhausen), la “irreverencia” del punk más incompetente, la “autenticidad” de los bluseros originales, la “estética despojada” de las bandas indie que brotan como hongos por todas partes, o, incluso, el “kick-ass-power” de Blue Cher (ACDC sería demasiado populachero, convengamos). Así es como terminamos jurando que nos gustan cosas como Trout Mask Replica (al que jamás hemos escuchado entero) y profetizando sobre cómo los Pixies, o Can – hasta los Kinks – son lo mejor que le pasó al rock. Y ahí es cuando reconsideramos a bandas como los Beatles y nos parecen algo unidimensionales, como muy formales, muy perfectirijillas, pero sin nada extraordinario para decir como “artistas” (esa palabrita de mierda). Ojo al piojo: es solo un camino posible (la mayoría de la gente, la que nunca duda, nunca dudó de que los Beatles son como Beethoven) pero me tengo fe en que más de uno sabe de qué hablo cuando hablo de todo esto.

Y sin embargo, lo inconfesable: seguimos deseando más melodías pegadizas y más armonías clásicas, de igual manera que deseamos volver a la teta. Siempre. En el fondo-fondo, en las profundidades más abyectas de nuestro snobismo recalcitrante, queremos volver a sentir ese torbellino irresistible de un “A Hard Day’s Night” escuchada por primera vez (Porque ¿Quién no se acuerda?) Entonces aparecen, como mini-salvaciones, esos descubrimientos geniales como Big Star. Suenan como los Beatles pero no los conoce ni el loro ni los pasan en la radio, con lo cual no tenemos ningún cargo de conciencia en esgrimirlos orgullosamente como pilares de nuestra erudición musical, clamando que Alex Chilton – recientemente fallecido – era un genio y que “Thirteen” es maravillosa y así sucesivamente hasta darnos cuenta de que nadie nos da la más mínima pelota.

Pues bien, el disco olvidado de hoy es un recetario clásico para este tipo de situaciones embarazosas. El fanático reprimido de los Beatles que empieza a admitir que escuchar un disco entero de Sonic Youth puede resultar un embole importante, habrá hallado un extraño tesoro con Emitt Rhodes.

Para empezar: ¿Quién es el flaco este? El flaco este es un yanki que fue el líder de The Merry-Go-Round, una banda pop de mediados de los 60’s que si alguien la conoce de milagro es porque Jac Holzman y Lenny Kaye incluyeron “Live” entre los artefactos de los primeros Nuggets, o porque Fairport Convention (que tampoco es que sean una de las bandas más populares del milenio) abrieron su carrera discográfica con un excelente cover de “Time Will Show The Wiser”, ambas escritas, claro, por Emitt Lynn Rhodes. En determinado momento, a finales de la década, el flaco éste decidió mandarse solo, se armó un estudio en el garaje de los viejos e hizo la gran McCartney de grabar un disco entero él solito. Todas las canciones suyas, todos los instrumentos tocados por él, toda la producción a su cargo y así. ABC lo contrató para publicarle el disco, pero después lo exprimió con el contrato para que sacara uno nuevo cada seis meses (imposible para un tipo que hace todo solo), liquidando así una carrera que podría haber sido promisoria.

Lo que inmediatamente llama la atención de este debut es su perturbadora semejanza con Paul McCartney. Después de mucho tiempo de dar por sentado al el exbajista de los Beatles como un icono algo desabrido del show-business, alguno se habrá olvidado que el tipo tiene (o tenía, admitiendo que fue evolucionando un poco) un estilo muy propio para componer canciones y arreglarlas. Lo extraño es refrescar esta noción a partir de un… ¿Imitador? Lo cierto es que en los primeros momentos de “Someone Made For Me” (el ejemplo tiene algo de arbitrario, podría ser cualquier otra) es inevitable la – fantástica, imprevista – ilusión de estar escuchando una gema perdida de Wings, un outtake del White Album o algo de ese calibre. Son esas melodías intoxicantes que fluyen con total naturalidad, sin ser casi nunca predecibles o trilladas; melodías que uno siente literalmente meterse bajo la piel, provocando un gozo primitivo que no necesita de ningún otro referente intelectualoide más allá de la pura estética (cosa conveniente, dado que las letras no son nada del otro mundo). No conforme con eso, el flaco éste canta y toca el bajo parecido a Paul (¡atención al bajo de “Long Time No See”!), afina la batería para que suene como la de Ringo en Abbey Road y le da a la guitarrita para parecerse lo más posible a Harrison (¡atención a la intro de “You Take The Dark Out Of The Night”!). ¿Habrá querido emular el sonido de los Stones?

Una escucha comprensiva de Emitt Rhodes, de todas formas, permite hacer un poco de justicia por mano propia. El viejo Paul era, y sigue siendo, un tipo más versátil. Después de todo estamos hablando de quien escribió “Helter Skelter” ¿O no?; caer a esta altura del milenio en el horrendo lugar común de Paul como “baladista sensible” sería para pegarnos un tiro en la frente. Una comparación a vuelo de pájaro con McCartney o RAM, los álbumes contemporáneos de Paul, demuestra que el beatle era más… cómo decirlo… “aventurado”, en el sentido de que se permitía jugar con una mayor polifonía de géneros y registros, aún sacrificando madurez (pensemos en throwaways exóticos como “That Would Be Something” o “Monkberry Moon Delight”). Rhodes, en cambio, pareciera concentrar todos sus esfuerzos al máximo en que cada canción sea una compacta joyita pop bien beatle y bien clásica y bien respetable, sin un solo desvío diabólico a la vista.

La buena noticia es que ¡Le sale bien! Tan bien le sale que, en la experiencia, pesa más la exaltada belleza de tantos estribillos y armonías que las ocasionalmente obvias referencias al liverpoolense. La mala noticia es que, luego del impacto fenomenal de las primeras cuatro o cinco canciones, el álbum se convierte en una trampa en la que ya se hace más complicado diferenciar los temas uno de otro; terminando casi en piloto automático, con ese ritmo de bajo TUM-tum-TUM-tum-TUM tan McCartneano, aún cuando la calidad musical se mantiene impecable hasta el final.

Antes de empezar a empalagar, Emitt Rhodes es un disco soberbio. Las primeras cuatro canciones son antológicas, y tendrán a más de uno suspirando con tanto deleite pop de primerísimo nivel. Tal vez haciendo una pausa para escuchar un poco de Slayer, se descubra que el resto, hasta el final, son igual de perfectas. ¿Quién sabe? Wes Anderson opinará algo así supongo, ya que utilizó la breve “Lullabye” en The Royal Tenembaums, como para darle un poco de pista a este auténtico disco olvidado. Disco que no está nada mal para un californiano que no conoce nadie y que armó todo esto solito en un garaje. No es algo imprescindible – y subiendo el volumen se nota que la producción está a medio cocer – pero apuesto varios centavos a que escuchar esto hará feliz a cualquier mortal que alguna vez lo haya sido tanto como para disfrutar de los Beatles y demás.

Año: 
1970
Canciones: 
  1. With my face on the floor
  2. Somebody Made For Me
  3. She’s Such A Beauty
  4. Long Time No See
  5. Lullabye
  6. Fresh As A Daisy
  7. Live Till You Die
  8. Promises I’ve Made
  9. You Take The Dark Out Of The Night
  10. You Should Be Ashamed
  11. Ever Find Yourself Running
  12. You Must Have.

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