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Transformer
Lou Reed
Por:

Para 1971, la Velvet Underground había dejado de ser ya una banda interesante, habiéndose marchado sus más importantes miembros: Nico, líder de la banda e ícono neo-nazi, abandonó el grupo muy pronto para perseguir su sueño de ser actriz y compositora de soundtracks para películas de terror. John Cale, el cool de la agrupación, no tardó en alcanzar el éxito con tremendos hits como "Woolly Bully" y "4:33", pero su meteórica carrera muy pronto acabaría en tragedia, al ser encontrado muerto en su casa de playa a causa de una sobredosis de marihuana. Tenía 27 años.

Las cosas, pues, pintaban mal para los demás miembros de la agrupación, a quienes se les hizo difícil perseguir una carrera en solitario luego de haber tenido tanto éxito con la banda (los álbumes de VU alcanzaron cifras record de casi 1,000 copias por año, superando por mucho las ventas de otros grupos populares de la época, como Los Kinks o The Elastik Band).

Mucho más difícil fue destacarse para Lou Reed. Siendo el Ringo Starr de la banda (era el bonachón del grupo y el menos talentoso), a Reed le costó mucho trabajo darse a respetar ante la crítica al empezar su carrera solo. La prueba es que su primer álbum, grabado en solo 2 horas acompañado de músicos ingleses autistas, resultó un catastrófico fracaso ante público y crítica. Lou Reed se vio a sí mismo como un artista acabado, sin muchas ideas que ofrecer y a la sombra de la inmensa reputación de su ex banda. Cansado de las presiones del estrellato y de los imperdonables chutes de la aguja mágica, huyó de las sofocantes calles húmedas de New York para refugiarse en México, trabajando como camarero durante un año bajo el seudónimo de “Loupita Reyes”.

Tuvo que llegar David Bowie para rescatar a Reed del anonimato. Gracias a David, Lou se encontró redirigiendo su sonido (y su sexualidad) hacia los ambiguos terrenos del entonces naciente estilo “glam”, que por sus cualidades efectistas y exhibicionistas, permitió a Lou componer canciones que, por primera vez en su carrera, parecían mostrar algún tipo de talento melódico. Así pues, nació Transformer, obra cumbre del glam de los setentas y uno de los más célebres estandartes de la comunidad gay.

De entre los mayores encantos de este álbum sobresale su particular capacidad de seducir inmediatamente al oyente (sobre todo si es gay) con estupendas canciones que, bajo lujosos arreglos de producción, también despliegan una sensibilidad especial que pone a Reed en el plano de los mejores compositores de su generación. Si no, nada más darle una oída a la magnífica “Vicious”, una oda travesti sobre un masoquista junkie que gusta ser golpeado con una flor, cuyo sonido anticipa al refinado punk que tiempo después perfeccionaría Television. La cruda pero seductora atmósfera del tema se construye acompañando la burlona voz de Reed con violentos latigazos de electrificadas guitarras distorsionadas y somnolientos coros de malintencionado placer. Ay caramba.

Pero mi canción preferida del álbum es la preciosa “Perfect Day”, que algunos cinéfilos conocerán por la grandiosa secuencia de sobredosis en el film Trainspotting. Es una canción especial gracias no solo a su reflexiva letra y atmósfera melancólica, sino más que todo a su hermosa producción, a cargo de la leyenda rock Mick Ronson, colaborador de Bowie, que aquí simplemente se supera a sí mismo al componer el magnífico arreglo de cuerdas que ronronea de fondo durante todo el tema y que alcanza su punto celestial al final, donde la presencia del arreglo clásico se vuelve catalizador total de una extraña sensación de oscura incomodidad, aderazada, como si hiciera falta, por un extraordinariamente bello motivo de piano, donde cada nota pareciera un súbito descubrimiento de nostálgica autorevelación epifánica. Este es el tipo de cosas que Dios tocaría en piano si Dios fuera Mick Ronson… y si Dios existiera, claro está.

Seguramente algunos ya se mofan que haya elegido como mejor tema a la más suavecita del álbum y probablemente prefieran la más masculina (ja!) “Walk on the Walk Side”, que posee el que talvez sea el riff de bajo(s) más famoso de la música rock, el cual es instantáneamente clásico y quizás una de las razones que esta canción sea tan pegadiza y memorable. Es tan pegadiza, de hecho, que llegó a ser un sencillo que se convirtió en un inusual hit internacional, a pesar de llevar la controversial frase de “but she never lost her head / even when she was giving head” que la BBC inexplicablemente no censuró en Inglaterra, bien porque ninguno de los censores era lo suficientemente hype como para tener una idea de lo que “give head” significa, o quizás porque pensaron que era una alusión a la decapitación, lo cual, como sabemos, es mucho más aceptable socialmente que el sexo oral.

Bowie, que ejerce como productor del álbum, aporta su mayor contribución compositiva en los exuberantes gemidos y aullidos orgásmiscos que pueblan los coros de “Satellite of Love”, una brillante canción que retrata con dinámicas piruetas musicales, un tipo de deprimente soledad causada por obsesivos celos. Mucho más enérgico, pero igual de impecable, está de nuevo Bowie en los coros de la magnífica “Andy’s Chest”, una de las mejores canciones del álbum, que expone, sobre un espeso trabajo instrumental, un tipo de ambigüedad mental más oscura e interesante que en el resto del disco, y que además posee la que talvez sea la mejor letra del álbum, con devaneos dadaístas que se declinan hacia lo surreal y lo nocturno, para pintar líricamente un tipo de obsesión enfermiza mientras conserva la identidad de un bonito poema de amor, lo cual lo vuelve absolutamente perfecto para dedicarlo a nuestras enamoradas, que jamás sospecharán que lo que ellas ven como una asociación de palabras bonitas, no es otra cosa que nuestra perversa declaración de intenciones necrófilas. Hora de releer esas supuestamente inocentes cartas de amor, señoritas.

Otro tema destacable es la fabulosa “Make Up”, que arranca de la nada arrastrándose con vigorosas líneas de bajo, mientras la irónica voz de Reed es adornada por una coqueta tuba, que escenifica brillantemente la decadencia del ambiente nocturno del lado salvaje de New York de calles húmedas y callejones oscuros, con letras tan tarareables como “now we’re coming out of our closets / out on the streets” . Lo bueno es que nadie en mi familia sabe inglés, por lo que puedo andar cantando dicha letra libremente por la casa en mi exuberante vestido caqui, sin que nadie sospeche de mis aventuras en el lado salvaje. Ignorance is bliss.

Para cerrar el álbum, un par de intensos rockers y unos simpáticos temas cortos que no están para otra cosa más que para completar la ya de por sí definida imagen de Reed como máximo representante de la onda neoyorquina a la cual estará por siempre inseparablemente identificado, completando la transformación del artista con su declaración de libertad, que se traduce como su afirmación definitiva de su vuelta a casa y su encuentro consigo mismo, quien ya completo, es capaz de despedirse de aquellos personajes bizarros que ha conocido, con la satisfacción empírica de poder disfrutar de una autopropiciada soledad. O al menos es lo que parece a simple vista…

***
A pesar de su accesibilidad e inmediatez melódica, Transformer sobrevive el desgaste y es un álbum capaz de crecer en nosotros y ofrecernos cosas nuevas en cada escucha. Es un disco fascinante que ha sido justamente aclamado desde su publicación y que con la ventaja de la retrospectiva no dudo en ubicar como uno de los más importantes e influyentes de su década.

Canciones destacadas: “Vicious”, “Andy’s Chest”, “Perfect Day”, “Walk On the Wild Side”, “Make Up”, “Satellite of Love”, “Wagon Wheel”.

Año: 
1972
País: 
Inglaterra

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