Spazz

Spazz no es un proyecto de una persona. Tampoco de dos o tres. Somos quince, veinte o más, según vayan apareciendo o desapareciendo de la faz del planeta. Spazz no tiene jefe; nadie decide qué se publica y qué no. Las cosas simplemente se van dando a través de una sinergia grupal impredecible. No sé cómo ocurre, pero ocurre, y eso es lo que cuenta al final. Hoy lo único que sabemos, y hasta ahí, es que queremos hablar de música, queremos hablar de cine, queremos hablar de las cosas que nos mueven (¿el alma?) en nuestras ignotas vidas de pequeño burgueses fallidos, porque sí, porque ni ese papel podemos cumplir como se supone.

Somos un manojo heteróclito de estudiantes de ciencias sociales, letras y arquitectura, docentes, obreros no calificados, bibliotecarios, cantautores amateurs, cinéfilos, melómanos, potenciales criminales, misántropos escribientes, vagos de mierda, hacendosos, hedonistas, ludópatas, poetas de segunda, saltimbanquis de la Web. Somos de varias nacionalidades (españoles, chilenos, mexicanos, argentinos) y nos cuesta entendernos entre nosotros; aunque solemos lisonjearnos y agredirnos mutuamente con el más escaso rigor profesional. Nos gusta el heavy metal y odiamos el heavy metal. Nos gusta Charly García y odiamos a Charly García. Somos snobs y nos gusta ABBA. Somos de todo o no somos nada, y no nos cabe ninguna etiqueta. Ese es el problema y también la bendición. Porque no podemos ser otra cosa. Spazz es polifonía; un compendio absolutamente inentendible de voces. La idea es hacernos entender.